
En el tiempo que he trabajado con ángeles aprendí muchas grandes lecciones. Una de ellas, sin duda, es aprender a confiar.
Los humanos somos muy necios. Confiamos únicamente en aquello que vemos, y a veces, ni físicamente delante de nuestra duda cedemos. Todo aquello que vaya en contra de nuestro sistema de creencias es negado, suprimido, ridiculizado y reprimido de malas formas si llegara el momento. Está en juego la supervivencia del ego, y es mejor echar la culpa a otro que reconocer las mentiras que durante años nos hemos tragado.
Recuerdo una ceremonia grupal que realicé en la ciudad de México con trece personas, un gran número mágico. En otro momento sería menester hablar de cómo las ceremonias siempre se auto-ajustan a un número sagrado. Casualidad tras casualidad, un hombre llega tarde, una mujer aparece de visita para saludar, y como por arte de “magia” el número de asistentes se torna perfecto. Siete, trece, doce o treintados son el claro ejemplo de una maquinaria casi perfecta e invisible que mueve los hilos al otro lado del humano.
Pero sigamos, como iba diciendo, en aquella ceremonia de la histórica Ciudad de México, ocurrió una gran lección para mí, y como no para el mundo. Los trece asistentes estaban sentados en círculo, yo en el centro canalizando, y a veces iban pasando de uno en uno conmigo. Le tocó el turno a una chica joven, y los ángeles tocaron sus manos, para ver una vez más en aquella hermosa alma, más allá de su cuerpo físico, y dar consejos para mejorar su vida. Sin embargo, el consejo que le dieron fue un tanto inesperado. Nunca lo había escuchado.
¿Cambiar de perfume? Eso dijeron los ángeles. Aquella jovencita, necesitaba para mejorar su vida, entre otros consejos que dieron, cambiar de perfume. Cuando terminó la ceremonia pensé en esa sugerencia, y aunque tengo consciencia del gran poder de los aromas, sería mentir si dijera que no estaba un poco estupefacto.
La sorpresa duró dos días. A las 48 horas tuve oportunidad de volver a ver a la joven, y hablando sobre la ceremonia dijo un comentario que hizo sonar todas las alarmas. “Oye Joan, qué buen consejo me dieron los ángeles. Sobre el perfume, sabes que el frasco que uso era una figura de un diablillo que me regalaron, muy feo e inquietante, y que la verdad no me gustaba mucho su olor”.
Increíble. Una vez más, hay que quitarse el sombrero ante los ángeles. Además de su servicio incondicional a los humanos, por puro amor, la sabiduría que atesoran es infinitamente especial. Ellos sabían que aquel frasco era un ancla negativa (para más información sobre anclas investigar en la P.N.L) que estaba frenando el avance de aquella muchacha. Y que debido al gran poder de los aromas sobre el cuerpo humano, la potencia negativa del frasco se multiplicaba.
Aprender a confiar. Primero en ti, luego en los ángeles. Cuando sientas que debes cometer una acción, aunque todos te digan que está equivocada, o nada parezca darle la razón, hazla.
La verdad se siente, y guiará tu camino.

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