
Libertad es volver a empezar. Libertad es huir cuando sientes que hay algo más.
Cuando tenía 20 años emigré a la ciudad de Londres. Era joven, ambicioso, un poco arrogante y muy desprevenido. Encontré trabajo en un café de Covent Garden, popular lugar de la ciudad sin Sol, viviendo grandes momentos de aprendizaje y diversión. Ganaba bastante dinero, tenía amigos, aventuras amorosas, y mi vida podía catalogarse como feliz.
Pero mi alma necesitaba más. Un día, al llegar a casa, me senté en la cama y una sensación misteriosa empezó a rondar la cabeza: mi vida estaba vacía. Era feliz, sí, ¿pero acaso el hombre realmente busca la felicidad? Era feliz, pero no tenía el gozo de saber que estás desarrollando todo el potencial que llevas dentro. Así que, en un arrebato espiritual —y algo loco— tiré todas mis pertenencias a la basura, dejé mi casa, el trabajo y me lancé a la aventura de caminar por los paisajes de Inglaterra en busca de círculos de piedra y aventuras que saciaran mi alma.
Aunque es ignorado por la gran mayoría de personas, el círculo de piedra de Stonehenge es sólo uno de tantos que existen allí. Los mejores vestigios del pasado, los más auténticos y místicos, pasan desapercibidos para las hordas de turistas que visitan el país bretón. Yo decidí verlos, uno a uno, provisto de una mochila y una tienda de campaña; pero como decía, era joven, ambicioso y desprevenido. Estaba convencido del poder creativo de los pensamientos y me propuse generar dinero con el que seguir el viaje usando sólo mi mente.
A las dos semanas me quedé sin dinero. Llegué al pueblo costero de Plymouth, sobre 23.30 de la noche, con 7 libras —10 euros— en el bolsillo. Tuve que dormir en la calle, viviendo creo que la peor noche de mi vida, donde pude observar y sentir la desgracia de la gente que no tiene un hogar donde descansar. Al día siguiente, gasté las 7 libras en comida y fu por instinto más que rumbo a la estación de trenes. Observé los vagones repletos de gente con abrigos y familias confortables, aún impactado por mi situación. Empezaba a estar cansado, y me senté en un banco de la estación.
No sabía dónde estaba, no conocía a nadie. No tenía dinero ni a dónde ir. Y cuando pensé que iba a derrumbarme en aquel asiento, un sentimiento empezó a surgir en mi interior.
Era libre.
Por primera y única vez en mi vida, pude sentir la libertad. Pude tocarla, saborearla, mirarla a los ojos sin bajar la cabeza. Creo que ha sido el momento más sublime de mi existencia. Cuando no tenía nada, al fin, lo tuve todo.

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